LA SOMBRILLA
Han desaparecido las últimas nieblas de un prolongado invierno. El sol, al incidir en la nieve asentada en las cimas de las montañas, forma regatos que descienden hasta las tierras llanas.
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LA SOMBRILLA
Han desaparecido las últimas nieblas de un prolongado invierno. El sol, al incidir en la nieve asentada en las cimas de las montañas, forma regatos que descienden hasta las tierras llanas.
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CHARCUTERÍA
Lo primero era tener al marrano bien cebao, engordarlo hasta que pesase al menos doce arrobas. Por eso, al menor descuido de mi tío, su mujer le retiraba el plato para echar al cerdo los sobrantes. “Ya comerás”, le gritaba, dejándole con la cuchara a medio camino de la boca. El puerco estaba feliz, aunque mi tío no tanto.
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LA CASA DE ASTERIÓN
SÉ QUE ME acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)[1] están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios pero si la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en egipto hay una parecida).
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YO LEO PORQUE
Yo leo porque me hace la cabeza pum, chimpún, qué alegría que alboroto y otras
veces ay, dios mío, qué pena y otras veces es otra página y me duermo, otra
página y me duermo, otra más de verdad y me duermo y al día siguiente necesito
tres cafés.
EVA
Entre las líneas que representan los hierbajos de la isla descubro una flor.
Si ha de iniciarse la invasión de las especies, que sea ahora. Que llegue la simiente del manzano, que venga Adán. Que empiece el espectáculo.
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PRIMERA LECCIÓN DE TANGO
En la pareja de tango, lo mismo que en la vida, el hombre ejerce la fuerza, la mujer la resistencia.
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IRENE VALLEJO (Zaragoza, 1979). El fragmento seleccionado pertenece al libro “El infinito en un junco”, Editorial Siruela.
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EL LOCO
Se despierta una mañana, se levanta. Se dirige hacia el armario (no desayuna, no bebe ni un vaso de agua). Saca un pañuelo rojo (¿un paliacate?, ¿una seda?) y lo extiende sobre su cama. Recoge objetos de su habitación, objetos que para otros serían tonterías/fetiches/amuletos, pero que para él son sus más valiosas pertenencias: un mechón de cabellos de su amada, una fotografía arrugada de cuando era niño, una piedra recogida en un río, un collar de semillas de colores, un bigote de su gato, un reloj que no funciona.
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