
EL PEDIDO
DAME sesenta mil muertos y te daré un país,
eso me dijo. y su enorme oscura
inevitable voz, también era una ciénaga.

EL PEDIDO
DAME sesenta mil muertos y te daré un país,
eso me dijo. y su enorme oscura
inevitable voz, también era una ciénaga.

¿Argentina se colapsa bajo el peso de la economía y se ahoga en la densidad de los gases lacrimógenos.
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EL FUEGO DE LA SALVACIÓN
DE NIÑO ME QUEDABA siempre a las orillas del misterio, en un rincón de la acera. Los que pasaban por ahí me daban dinero, cuando lo que yo quería en realidad era entrar. Las puertas de la cantina, alas destructoras, apenas me permitían atisbar, adivinar en la medusa del humo y la música los secretos más preciosos..
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MERE ROAD
Todos los días pasan,
y yo los reconozco. Cuando la tarde se hace oscura,
con su calzado y ropa deportivos,
yo ya conozco a cada uno de ellos, mientras suben en grupos
o aislados,
en el ligero esfuerzo de la bicicleta.

II
(ropas)
la toalla donde dejo mi rostro
encontrarse con el tuyo anterior
sudor contra tu aroma
allá habrán de entenderse
como señales o distancias
marcadas en la ropa
para que existas
sea.
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MILAGROS DE LA POBREZA
Mi amigo Isaías necesitaba un empleo. Entonces publicó un aviso: Joven decidido, entusiasta, aptitudes. Teléfono… Nadie podía así precisar si se trataba de una solicitud o de una oferta de empleo.
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54
Locos tiempos me tocó vivir, y yo no he fallado
en ser insensato también, como el tiempo me lo pedía.

LA TELA DE PENÉLOPE O QUIÉN ENGAÑA A QUIÉN
Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.
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BESTIARIO ÍNTIMO
Si alguien querría ser una tortuga
sería yo:
hacer de una sección cónica
mi propia sede prehistórica
alojada en la espina dorsal.

HERIDAS
Le pregunto si le importa que fume. El hombre al que acabo de conocer esta noche, busca entre las revistas que tiene amontonadas junto al sofá, hasta dar con un encendedor. Me acerca el mechero encendido y le veo unos números grabados en la muñeca.
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