El microrrelato de los viernes: Un cuento breve de Isabel Mellado

EL PERRO QUE COMÍA SILENCIO

Hubo un tiempo en que me llamé Croqueta. Así me llamaba mi amo. Mentecato lo llamaba yo a él, pero eso nunca lo supo. Ahora me gritan chucho. A mí me gusta titularme Zorba, el perro.
Y sí, soy un perro free lance de pueblo. Tardé en darme cuenta de que esta vez solo sería eso. No ponía huevos, tampoco tenía cuernos, ni hablar de hacer patinaje sobre hielo.
Al poco de nacer me abandonaron en un vertedero. Allí me recogió don Mentecato y me apadrinó prometiendo cuidarme toda mi perra y su aún más perra vida, pero como era de esperar no cumplió su palabra y no se lo reprocho. Viene a mi mente la frase «Errar es humano, perdonar es perruno». A lo largo de mi vida he comprendido que casi ningún hombre tiene palabra, pero todos tienen silencios y eso es lo esencial.

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El microrrelato de los viernes: Dos micros de Pablo Marín Escudero

EL CÓNDOR PASA

Una corriente de aire tornadiza impidió su caída a punta de rifle y lo dejó en la estratosfera congelado. Veinte años después de que aquellos soldados entrasen en su casa y lo lanzasen al mar desde un avión, su cuerpo vivo descendió del ozono y tomó tierra sobre el festival letárgico de Viña del Mar, mansamente. La gravedad lo depositó en incómodo claroscuro, demediado por el maldito escalón pactante entre foso y escenario.

Volvió a casa. Tenía moratones infligidos por decentes oficinistas y milicos venidos a tenderos de bien.

– María, esta mañana me torturaron.

Ella lo silenció: Te perdono.

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El microrrelato de los viernes: Dos micros con trenes

Bernhard + Gallardo
TREN DE LA MAÑANA y LOS TRENES DE LOS MUERTOS

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El microrrelato de los viernes: Dos micros de robots

Alberto Chimal
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En sus quince minutos de fama, el robot Arnulfo Martillo habló en televisión de cómo un error de su programación permitía ver colores que nadie más podía, fuese robot, humano o criatura de cualquier otro tipo. La conductora del programa (la infinitamente más famosa Angélica Cizalla) cometió entonces el error de pedirle que describiera esos colores. Arnulfo lo intentó y catorce de sus quince minutos se fueron en tartamudeos, repeticiones (“¡se ve tan hermoso!”) y malas metáforas: Arnulfo no era poeta.

Cuando salió del estudio, Arnulfo regresó a su casa caminando, con la misma cara de asombro que tenía siempre (y por la que muchos lo creían un tonto) ante la belleza del mundo.

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El microrrelato de los viernes: Tres entradas del diccionario del diablo (parte I)

AMBROSE BIERCE
Academia, s.: Escuela antigua donde se enseñaba moral y filosofía. Escuela moderna donde se enseña el fútbol.

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El microrrelato de los viernes: Dos micros de Eduardo Galeano

Eduardo Galeano
LA NOCHE

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

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El microrrelato de los viernes: Dos micros de Marti Lelis


HISTORIA DE UNA HOJA

Suspendida de una rama, a veinte metros sobre la plaza, la última hoja del árbol, ya rendida a su condición pasajera —marchitos tegumento y nervaduras—, se mece al viento y se desprende. Va dejando al caer —breve navío del viento—, su delicada huella de luz para nadie. En el suelo, en cambio, la hoja revive en la hojarasca; rueda y sucumbe, acaso, al peso de una mujer quien, apenas verla, ha sentido el impulso de pisarla. Entonces, convertida en crujido leve, alcanza el oído atento de la muchacha y se aleja del parque, prendida entre los labios, ya sonrisa que se mece.

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El microrrelato de los viernes: Dos micros de Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges
EL ADIVINO

En Sumatra, alguien quiere doctorarse de adivino. El brujo examinador le pregunta si será reprobado o si pasará. El candidato responde que será reprobado.

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El microrrelato de los viernes: Dos micros de Adolfo Bioy Casares


RETRATO
Conozco a una muchacha generosa y valiente, siempre resuelta a sacrificarse, a perderlo todo, aun la vida, y luego a recapacitar, a recuperar parte de lo que dio con amplitud, a exaltar su ejemplo, a reprochar la flaqueza del prójimo, a cobrar hasta el último centavo.

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El microrrelato de los viernes: Dos micros de Elevamos sueños


EL RASCACIELOS

Él se enamoró de mí cuando el ascen-
sor alcanzó la segunda planta. Yo ya le
amaba en la primera.

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