El licenciado vidriera

El licenciado vidriera, narración incluida en las Novelas ejemplares de Cervantes, cuenta la singular locura, debida a un hechizo, que sufre su protagonista, Tomás Rodaja, quien se cree hecho de vidrio. 

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El microrrelato de los viernes: Dos micros de normas de inseguridad

SOLEMNE

Boato. A uno y otro lado de las bancadas, los familiares de los novios contienen la respiración con la última nota del órgano, la que da paso a la liturgia.

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ASÍ SE DICE: Sobre oraciones coordinadas

Va dando un poco ya de rubor o vergüenza ajena hablar de estas cosas. Se supone que un redactor debería conocer de sobra el lenguaje —su herramienta de trabajo, insistimos— y la gramática, en particular.

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Poemas escogidos: Constanza Carrazco

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XIX


ya no te reconozco
ni en la cadencia, ni en el pálpito 
hoy recuerdo sólo el roce de la muerte liviana

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El microrrelato de los viernes: Un relato breve de Franz Kafka

PROMETEO

De Prometen nos hablan cuatro leyendas. Según la primera, por
haber revelado a los hombres secretos de los dioses, fue encadenado en el Cáucaso, y los dioses enviaban águilas que le devoraban el hígado, que siempre volvía a crecer.

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Una lectura obligada: La Anomalía de Hervé Le Tellier.

Museo de las pérdidas de Valeria Correa Fiz, El elogio de la sombra de Junichiro Tanizaki, Le collier de la reine de Alexandre Dumas, Mémoire de fille de Annie Ernaux

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Poemas escogidos: Philip Larkin

ALBADA

Trabajo todo el día, y por las noches me emborracho.
Me despierto a las cuatro en una oscuridad callada, y miro.
Los bordes de las cortinas no tardarán en iluminarse.
Hasta entonces veo lo que siempre ha estado ahí:
la muerte infatigable, ahora un día entero más cerca,
que borra todo pensamiento excepto
cómo y dónde y cuándo moriré.
Árida interrogación: no obstante el temor
de morir, y estar muerto,
centellea de nuevo, te posee, te aterra.

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El microrrelato de los viernes: un cuento breve de Alejo Carpentier

El entierro de Henri Christophe

El gobernador entreabrió la hamaca para contemplar el rostro de Su Majestad. De una cuchillada cercenó uno de sus dedos meñiques, entregándolo a la reina, que lo guardó en el escote, sintiendo cómo descendía hasta su vientre, con fría retorcedura de gusano.

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