
Anillos de oro, serie de Televisión Española emitida a lo largo del año 1983, tiene como protagonista a Lola, una abogada madura que decide retomar su carrera profesional tras haber dedicado unos años al cuidado de sus hijos.
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Anillos de oro, serie de Televisión Española emitida a lo largo del año 1983, tiene como protagonista a Lola, una abogada madura que decide retomar su carrera profesional tras haber dedicado unos años al cuidado de sus hijos.
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“Hay un verdadero montón de policías”, decía hace poco un periodista en un telediario español. Es un ejemplo de dos hábitos muy amados por los “profesionales” del periodismo: utilizar ciertas palabras sistemáticamente pero sin ton ni son y recurrir sin freno a expresiones coloquiales.
En el ejemplo anterior, “un montón de” es una expresión coloquial y, además, de una imprecisión galopante, inadmisible en un telediario. Podría haber dicho “un gran número”, “una decena”, etc.
Por otro lado, la muletilla “un verdadero+sustantivo” la emplean ya para todo, como refuerzo expresivo, generalmente para hablar de desastres; sólo que, a fuerza de repetirla, acaba por perder toda intensidad y resulta cansina: “un verdadero calvario”, “una verdadera tragedia”…
El problema viene cuando se aplica sin sentido, como en el caso citado. ¿Qué es “un verdadero montón de policías”? ¿Quiere decir que hay veces en las que hay falsos montones de policías, es decir, se dice que hay muchos cuando en realidad son pocos? En este caso es una verdadera expresión sin sentido.
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Si lo que hoy se entiende por poesía es un amplio abanico de expresiones orales sin más trabazón que un contenido aparentemente lírico —sentimental—, aunque tendente a lo prosaico, habrá que preguntarse qué es realmente la poesía.
Por otra parte, cierta letra con música ritmada también se entiende por tal. Nada nuevo, sin embargo. Variedad para gustos, ciertamente subjetivos.
Por tanto, y en resumen, todo es lírica sedicente, todo pretende ser poesía (reflexiones, ocurrencias, vivencias narradas troceadas, aforística dispersa… ), y así se vende y consume con no escaso éxito.
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En un telediario español hemos oído la siguiente frase a modo de titular: “Siguen protestas contra la reforma de las pensiones”. Suponemos que el periodista quiso decir “sigue habiendo protestas” o acaso “siguen las protestas”. Sea como sea, al menos falta un palabra.
Por otra parte, hemos notado que con mucha frecuencia (sin duda, más de la deseable) los periodistas utilizan el verbo “haber” en su acepción de ‘existir’ como si la cosa existente fuera el sujeto en vez del complemento. Y de ese modo conjugan incorrectamente en plural este verbo “haber”, como ya comentamos en su momento, creando monstruos sintácticos del tipo “siguen habiendo protestas”, en lugar de “sigue habiendo protestas”, que es la frase correcta.
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Podríamos decir que Ortega y Gasset es, en cierto modo, un filósofo de la premonición. O al menos, algunas de sus obras, leídas hoy, no pueden dejar de sorprender, cual si de acertados vaticinios se trataran. Una de estas obras es La rebelión de las masas, tan válida hoy (o más) que cuando se publicó. Lo que defiende Ortega en su tesis —quien evolucionó de un neokantismo al denominado raciovitalismo (mixtura de improntas varias)—, más allá de un cierto planteamiento elitista propio de su época, no deja de ser un hecho o, si se prefiere, una mera descripción de un fenómeno social imparable. Lo cual no significa que redunde necesariamente en una mayor clarificación dialéctico-histórica.
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“Especialmente impactado el centro de la capital a causa de la huelga”, rezaba un titular en un medio de comunicación español. El uso del participio “impactado” como adjetivo referido a una entidad inanimada es incorrecto: solamente puede usarse con personas (“estoy impactado por su respuesta”) o bien como participio en una forma verbal compuesta (“su respuesta me ha impactado”). De la misma manera, es correcto en construcciones como “verse impactado”, que es lo que se debería haber utilizado en este caso: “El centro de la capital se ha visto especialmente impactado a causa de la huelga”. Háganselo ver.
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El conde Lucanor, obra narrativa de Don Juan Manuel, del siglo XIV, es una colección de cuentos moralizantes o ejemplos —exempla—, cincuenta y uno en total, tomados de clásicos grecolatinos (siguiendo el modelo de Esopo), así como de relatos tradicionales árabes, o, incluso, de narraciones de Asia y de la India.
De ellos se extrae siempre una lección o enseñanza que remata la historia, para aprendizaje y regocijo de Patronio: la moraleja.
Se inscribe en la tradición medieval didáctica (ya existente en la literatura clásica). Las obras de ficción tenían una función ejemplificadora.
El conde Lucanor es, sin duda, una de las grandes obras del medievo literario español. Ese otro Siglo de Oro de la literatura española, al parecer, olvidado.
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En un telediario español, a raíz de un joven al que buscaba la policía, una periodista dijo, mientras señalaba al edificio que tenía a su espalda, que la persona en cuestión “había vivido ocupado en este piso”. Parecería natural, tras escuchar esto, preguntarse es en qué vivía ocupado, en qué o de qué se ocupaba. La periodista, en cambio, lo que quiso decir es que el joven había vivido en ese piso como ocupa, es decir, instalado en él sin tener ningún derecho legal a ello ni tampoco el permiso del propietario. En todo caso, podría haber dicho que el joven “vivía en un piso ocupado”. Pero ¿por qué la periodista creía que “vivir ocupado”, referido al joven, significa “vivir de ocupa” o “vivir como ocupa”? Misterios de la vida.
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La llamada Biblia alfonsina es la traducción al español más antigua que existe del texto sagrado completo. Data de 1280 y es, asimismo, la primera traducción europea completa de las Sagradas Escrituras, excepción hecha del latín.
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Los periodistas tienen mil y una ocasiones para corregir sus errores, pero, quién sabe por qué, no lo hacen. El otro día escuchábamos en un telediario español un error muy habitual: “sesenta y un ocasiones”. Evidentemente, con un sustantivo en femenino como “ocasión” el numeral tiene que ir en femenino: “sesenta y una ocasiones”. El masculino solamente se puede usar con un sustantivo masculino: “sesenta y un libros”. Es una simple cuestión de concordancia entre masculino y femenino. Pertenece a los contenidos que se les enseña a los extranjeros que aprenden español. Increíblemente, se ve que algunos nativos tienen dificultades con estas cosas tan básicas y evidentes
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