
DE LA CASA QUE QUISE
Para mi abuelo Pedro y su casa del Preguntoiro,
en Santiago de Compostela
Huele a frío la casa,
torcida,
del abuelo.
Huele a sábanas frescas
y a humedad, sin embargo.
En moho se convierten
los que se dignan verla.

DE LA CASA QUE QUISE
Para mi abuelo Pedro y su casa del Preguntoiro,
en Santiago de Compostela
Huele a frío la casa,
torcida,
del abuelo.
Huele a sábanas frescas
y a humedad, sin embargo.
En moho se convierten
los que se dignan verla.

que lidiar con una circunstancias adversas, fuertemente marcadas por una complejidad metropolitana en constante mutación». (Leonardo Vilei)
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DESAMPAROS
Viernes casi medianoche, la casa en silencio, la puerta de su
cuarto entreabierta, mi madre frente al espejo y mi padre de
viaje, ausente, el olor a perfume, su vestido sobre la cama, los
tacos altos, el peine en su pelo tan largo, el lápiz delineando
sus ojos verdes, el rouge colorado en los labios, su mirada
descubriéndome, la sonrisa cómplice y su voz. “Vení, vení”,
mis pies descalzos sobre la alfombra, la muñeca en la mano,
el piyama de felpa.

Hacía ya mucho tiempo que me rondaba por la cabeza la idea de escribir algo sobre el oro negro. El problema de la gasolina, con los precios que suben y bajan como las montañas rusas me ha venido de perilla para dar a la luz este artículo.
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Todas las moscas del Círculo Polar vienen de mis
noches de insomnio. Así es como viajan: el viento las
lleva de carnicero en carnicero; luego los rabos de las
vacas se afanan cuando toca ordeñarlas.
De noche, en los bosques dél norte, escuchan al
alce y al somorgujo… Allí el verano es tan corto que
apenas tienen tiempo de contarse las patas.
«Tan valientes como un sello cruzando el
océano», zumban y suspiran, y enseguida es hora
de hacer bolas de nieve, de las grises y pequeñas con
piedras dentro.

Erase una vez una Ciudad Amura- ¡Es tarde! Vete a tu casa y prepárale la comida a tu marido! -me dice.
– Pero, mamá, ¡Si solo son las cinco y media! -contesto.
Y en realidad sí, tendría que irme. Mi mirada se balancea desde el reloj blanco con agujas negras en la pared de su cocina hacia la ventana, desde la que puedo ver las copas de los plátanos que se mecen al viento, oír voces de chicos y ruido de motores. Gente que vive, habla, se desplaza.
Y yo tendría que volver a casa para preparar las clases para mis alumnos, terminar -¡Por fin! – de escribir ese cuento, hacer unas cuantas fotocopias.
Las agujas negras indican las 5,35. Solo han pasado 5 minutos y me he prometido a mi misma y a ella – que por cierto no lo sabe- quedarme al menos hasta las seis.:

DE LOS OFICIOS DEL ARTE
Edelmira Gutiérrez tejía su tapiz con tanto empeño que cuando quiso darse cuenta, todo ella estaba prisionera de la trama y de la urdimbre. Hoy se exhibe esa “pieza póstuma” en la sala 17 de nuestro Museo de Arte.
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de tantas penas,
y cantar y reír
con las mejillas hundidas en las rosas de la huerta,
que absorban todas las lágrimas
que manen de mis ojos
como un rocío…
Por eso quiero retozar y bailar con las muchachas,
allá en el campo,
y taparme la cara con el velo de alguna novia,
y beber mucho vino,
que resbalando sobre mi falda
forme guirnaldas, flores y adornos,
sobre esta túnica que es mi mortaja…
¡Música, cantos, vino y guitarras!
¡Voces alegres, risas y baile!
Y cuando venga la negra idea de algún recuerdo’
pueda, borracha,
¡con las dos manos estrangularla…!
Isla de Tenerife
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