
35/10
Mientras cepillo el pelo oscuro y
sedoso de mi hija ante el espejo
veo el canoso resplandor de mi cabeza,
la sirvienta llena de canas que está detrás. ¿Por qué será

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Mientras cepillo el pelo oscuro y
sedoso de mi hija ante el espejo
veo el canoso resplandor de mi cabeza,
la sirvienta llena de canas que está detrás. ¿Por qué será

Al Grand Hotel de Zarauz íbamos con mi abuela paterna y mi tía soltera. En la pista de tenis aún había chicos que jugaban con pantalón largo, un pantalón holgado, con una deportiva línea amarilla trazada en vertical. Los clientes del hotel eran siempre los mismos, ocupaban todos los años las mismas habitaciones, como en un rito estival: el catedrático emérito de historia que aspiraba rapé; un notario madrileño apellidado Del Río; la viuda portuguesa de un banquero que vivía en París; y una tumultuosa familia de gitanos (lamento arruinar el argumento de que, además de ricos, también éramos racistas) que se apellidaban Vida, con más de quince miembros y tres generaciones.
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CURRÍCULUM
Nací (es un decir).
Guardo entre gasas mi único cadáver,
aquel cordón umbilical que ella mantuvo
en escondite de múltiple avaricia
hasta dármelo a la edad de mis sesenta.

SINFONÍA ENCORDADA
Elegidas al azar van saliendo de aquel cubo, enredadas como si no fueran a separarse jamás.
Un artista les dará vida por unas horas; las sacude y estira para colgarlas en aquel escenario de frágil arquitectura.

LOS NUEVE MONSTRUOS
Y, desgraciadamente,
el dolor crece en el mundo a cada rato,
crece a treinta minutos por segundo, paso a paso,
y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces
y la condición del martirio, carnívora voraz,
es el dolor dos veces
y la función de la yerba purísima, el dolor
dos veces
y el bien de ser, dolernos doblemente.

LA SIBILA
Siempre insistió en que era una sibila, nosotros nos reíamos de esa ocurrencia. Decíamos que era una loca que se había escapado de algún desierto mental para internarse en la vorágine de los otros.
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La primera vez fue complicado. Estaba sentada en medio de la fila, al lado de un señor que se conocía cada nota y que si respiraba un poco más de la cuenta me mandaba a callar. Yo, con mis once años, estaba aterrorizada pensando que tenía que estar cuatro horas ahí sentada. Recuerdo que me quedé mirando a la chica que nos acompañó hasta el asiento, llevaba una túnica negra con un medallón enorme y sonreía amablemente a todo el que se le acercara. Pensé que me hubiera gustado hacer su mismo trabajo de mayor para poder estar todos los días en ese lugar maravilloso, lleno de historia y con una acústica que el mundo nos envidia.
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